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domingo, 19 de abril de 2009

Un cuento celta: El destino de los hijos de Lir

Irlanda fue, una vez hace mu­cho tiempo, escenario del encuen­tro de sus cinco reyes que se reu­nieron para determinar quién de ellos debía ser la cabeza reinante sobre todos los demás. El rey Lir de la Colina del Campo Blanco estaba convencido de que él sería el elegido. Sin embargo, cuando los nobles entraron en concilio, eligieron como rey supremo a Dearg, hijo de Daghda, porque su padre había sido un gran druida y él era el mayor de sus hijos.
Entonces Lir enfurecido, abandonó la asamblea de los reyes y se marchó a su castillo de la Colina del Campo Blanco.

Los demás reyes decidieron ir tras él para casti­garle a lanza y espada por no rendir la debida obediencia al hombre a quien habían otorgado la supremacía: pero Dearg, el nuevo rey, lo prohibió diciendo: "Es mejor que le atemos a nosotros por los lazos del parentesco, para que la paz reine duradera en esta tie­rra. Así pues, enviadle, para que escoja entre ellas esposa, a las tres doncellas de más hermosa figura y mejor reputación de Erin, las tres hijas de Oilell de Aran, mis propias tres florecillas".
Entonces los mensajeros llevaron a Lir noticia de que Dearg le daría una hija de sus hijos. A Lir le agradó, y al día siguiente se puso en marcha con cin­cuenta carros desde la Colina del Campo Blanco. Y llegó al lago del Ojo Rojo, cerca de Killaloe. Y cuando Lir hubo visto a las tres hijas de Oilell, el rey Dearg le dijo: "Escoge una de las doncellas, Lir".
"No sé," contestó Lir, "cuál es la mejor de todas ellas; pero la mayor es la más noble. Es a ella a quien tomaré".
"Sea como quieras", dijo el rey Dearg, "Ove es la mayor, y para ti será, si tú así lo deseas".
Y Lir y Ove se casaron, y volvieron a la Colina del Campo Blanco
Más tarde tuvieron dos gemelos, un hijo y una hija, y les dieron los nombres de Fingula y Aod. Y otros dos hijos vinieron tras ellos, Fiachra y Conn.

Pero Ove murió cuando éstos nacieron, por lo que Lir se condolió amargamente, y, de no ser por el gran amor que sentía hacia sus hijos, habría muerto de pena.
El rey Dearg se apenó tanto de la suerte de Lir, que le dijo: "Nos afligimos por Ove y por ti; y por ello y para que nuestra amistad continúe viva, te daré a su hermana, Oifa, por esposa".
Lir aceptó, y finalmente se unieron en matrimonio, y él la llevó a su castillo.
Al principio, Oifa sintió afecto y respeto por los hijos de Lir y su hermana, pues ciertamente, nadie que viese a los cuatro niños podía evitar darles todo el amor de su alma. Lir se desvivía por los niños, tanto que éstos dormían siempre en unas camas grandes frente a la de su padre, el cual solía levantarse con los primeros albores, cada mañana, para tenderse entre ellos. Pero, quizá debido a esto, pronto el dardo de los celos penetró el corazón de Oifa, que comenzó a mirar a los niños con odio y enemistad.

Un día mandó que le preparasen un carruaje, y montó en él, los cuatro hijos de Lir. Debía conducirlos al castillo del rey Dearg por deseo del propio rey.
Fingula no deseaba hacer aquel viaje con ella, porque había tenido un sueño la noche anterior que le advertía contra Oifa: pero no logró escapar a su destino.
Y así cuando la carreta llegó al Lago de Oaks, Oifa dijo a la gente de allí: "Matad a los cuatro hijos de Lir, y os daré, a cambio, cualquier tipo de recompensa que deseéis". Pero todos rehusaron y le dijeron que sus intenciones eran malignas.

Entonces, sintió deseos de tomar una espada y matar ella misma a los niños, pero su propio miedo y su debilidad se lo impidieron así que los llevó hasta el lago con la excusa de bañarse, y éstos hicieron lo que Oifa les dijo. Mas tan pronto como estuvieron dentro del lago, agitó sobre ellos una varita de Druida para encantamientos y conjuros, y les dio la forma de cua­tro hermosos cisnes, completamente blancos, y les cantó esta canción:
"Deslizaos sobre las salvajes olas,Hijos del rey,En adelante, vuestros sollozos se mezclaránCon los gritos de las aves".
A lo que Fingula contestó:
"¡Bruja! ¡Ahora sabemos lo que en verdad eres! Quieres que vaguemos de ola en ola. Pero de vez en cuando descansaremos sobre las islas
Nosotros recibiremos descanso, y tú serás castigada.Aunque nuestros cuerpos queden aquí en el lago,Nuestras mentes volarán a casa".
Y esto añadió: "Asigna un fin a la ruina y la desgra­cia que has traído sobre nosotros".
Oifa rió y dijo: “No seréis liberados, hasta que la mujer del Sur se una al hombre del Norte; hasta que Lairgnen de Connaught se case con Deoch de Munster. Nadie tendrá poder para sacaros de esas formas. Vagaréis sobre los lagos y arroyos de Erin durante novecientos años. Y solamente esto os concederé: conservaréis vuestro propio habla, y no habrá música en el mundo que iguale a la vuestra, a la lastimera música que vosotros cantaréis". Lo que dijo quizá al sentirse algo arrepentida por el enorme mal que había hecho.
Y entonces entonó esta canción:
“Lejos de mí, hijos de Lir Juguetes de los vientos desde ahora; Hasta que Lairgnen y Deoch se unan, Hasta que os halléis al noroeste de la Roja Erin. Una espada traicionera atraviesa el corazón de Lir, De Lir, el poderoso campeón, Y aunque yo he empuñado la espada, Mi victoria me hiere el corazón también a mí”.

Después hizo girar a sus caballos y continuó su viaje a la morada del rey Dearg.
Cuando llegó, los nobles de la corte le pregunta­ron dónde estaban los hijos de Lir, y Oifa les respon­dió:
—Lir no quiere confiarlos al rey Dearg.
Pero Dearg sospechó, en silencio, que la mujer les había jugado alguna traición y, de acuerdo con sus temores envió mensajeros a la corte del Campo Blanco. Lir preguntó a los mensajeros:
—¿Para qué habéis venido?
—Para recoger a tus hijos, Lir —dijeron.
—¿No han llegado a vuestra corte con Oifa? —preguntó extrañado Lir.
—No —replicaron los mensajeros— Oifa dijo que tú no habías dejado a los niños ir con ella.

Lir, al oír tales cosas, sintió una melancolía y tris­teza profundas en su corazón, porque supo que Oifa había hecho algún mal a los niños, e inmediatamente partió hacia el Lago del Ojo Rojo.
Y cuando los hijos de Lir le vieron venir, Fingula cantó esta canción:
“Bienvenida sea la cabalgata de corceles Que aproximándose está al Lago del Ojo Rojo, Mágica y afligida compañía Sin duda andando en nuestra busca. Deslicémonos hasta la orilla, oh Aod, Fiachra y querido Conn Ninguna hueste bajo el cielo pueden aquellosjinetes ser sino el rey Lir con su poderoso séquito”.
El rey Lir, alcanzando la orilla, escuchó a aquellos cisnes hablar con voces humanas. Y, dirigiéndose a ellos, les preguntó quiénes eran. Fingula le respondió diciendo: “Somos tus pro­pios hijos, traicionados por tu esposa, hermana de nuestra propia madre, a causa de su mente malévola y de sus celos”.

“¿Cuánto tiempo ha de durar este conjuro sobre vosotros?”, inquirió angustiado Lir.
“Nadie puede liberarnos hasta que la mujer del Sur se una al hombre del Norte; hasta que Lairgnen de Connaught se case con Deoch de Munster”.
Entonces. Lir y su gente elevaron al cielo gritos de pena, sollozos y lamentaciones y permanecieron junto a la orilla escuchando la melancólica melodía de los cisnes hasta que al fin se alejaron volando, y el rey Lir emprendió de nuevo su marcha a la corte del rey Dearg. Allí contó lo que Oifa había hecho a sus hijos. Dearg utilizó su poder sobre Oifa y le ordenó que dijera qué forma en el mundo le parecía la más fea de todas. Ella contestó que la forma de un demonio del aire.

“En esa forma, pues, te convertiré”, dijo el rey Dearg, y agitando sobre ella su varita de Druida para encantamientos y conjuros, le hizo tomar la forma de un demonio del aire. Ella se fue volando al instante, y todavía hoy es un demonio del aire y eso será para siempre jamás.
Los hijos de Lir continuaron deleitando a los cla­nes Milesianos con la mágica dulzura de la armonía de sus canciones, y nunca se oyó en Erin melodía alguna que se pudiese comparar con aquella música, hasta que llegó el tiempo señalado para ellos de abandonar el lago del Ojo Rojo. Entonces Fingula declamó esta canción de partida:
“¡Adiós, rey Dearg, Señor de la sabiduría druídica! ¡Adiós padre querido, Lir de la Colina del Campo Blanco! Vamos a pasar el tiempo asignado, Lejos de las moradas de los hombres, en la corriente del Moyle, Amarga y salobre será nuestra suerte, ¡Hasta que Deoch venga a Lairgnen! Venid pues, hermanos, una vez de mejillas sonrosadas; Partamos de este Lago del Ojo Rojo Y separémonos, con tibieza, de la tribu que os ha amado”. Y emprendieron su vuelo; y volaron altos, ligeros, etéreos, hasta que alcanzaron el Moyle, entre Erin y Albain.

Los hombres de Erin se apenaron por su partida, y desde entonces, se proclamó, a lo largo y ancho de Erin, que jamás sería matado ningún cisne.
Los hijos de Lir se alejaron completamente solos, volando llenos de frío, de pena y de nostalgia, hasta que un día una fuerte tempestad se desató sobre ellos, y Fingula gritó:
—Hermanos, designemos un lugar para volver a encontrarnos, si la fuerza de los vientos nos separara.
Y ellos le contestaron:
—Escojamos para encon­trarnos, oh hermana, la Roca de las Focas.
Entonces las olas se levantaron y el trueno bramó, los relámpa­gos resplandecieron, y la tempestad barrió la superfi­cie de las aguas, de modo que los hijos de Lir se vieron disparados por el ancho mar. Después de aquella gran tempestad vino, no obstante, una calma plácida, y Fingula, encontrándose sola entonó esta canción:
“¡Ay de mí, que todavía estoy viva! El hielo ha pegado mis alas al costado. Oh, mis tres amados, oh, mis tres amados, Que bajo el abrigo de mis plumas se escondían Hasta que los muertos vuelvan a los vivos. A los tres jamás volveré a encontrar!”.

Y emprendió el vuelo a la Roca de las Focas, donde al instante vio a Conn viniendo hacia ella con paso torpe y las plumas empapadas, y también a Fiachra, fría, mojada y fatigada; no podían decir una sola palabra, de lo ateridos y agotados que estaban: pero Fingula los cobijó para calentarlos bajo sus alas
Y les dijo:
—Si Aod estuviera con nosostros ahora, nuestra felicidad sería más completa.
Más al poco vieron a Aod venir hacia ellos con la cabeza seca y las plumas arregladas. Fingula lo puso bajo el plumón de su pecho, a Fiachra bajo su ala derecha, y a Conn bajo la izquierda, y entonaron este canto:
“Mala fue nuestra madrastra con nosotros, Utilizó su magia maligna, Enviándonos al norte, al ancho mar En la forma de cisnes mágicos. Nuestro baño en la orilla del lago Es la espuma de la marea de saladas crestas Nuestra parte de la fiesta de la cerveza Es la salmuera del mar de azules crestas”.

Un buen día vieron una espléndida cabalgata de corceles blancos como la nieve venir hacia ellos, y, cuando se acercaron, conocieron que eran los dos hijos del rey Dearg que habían estado prestándolos durante largas jornadas para darles noticias del rey y de Lir, su padre.
—Ellos están bien —les dijeron— viven unidos, y serían completamente felices si vosotros estuvieseis con ellos, o si al menos supieran a dónde habéis ido desde el día en que abandonasteis el Lago del Ojo Rojo.
—¡Nosotros no somos felices! —exclamó Fingula, y cantó esta canción:
”Esta noche son felices en la casa de Lir, Abundantes son su comida y su vino. Pero los hijos de Lir —¿qué ha sido de ellos Plumas tenemos por ropas de cama, Y por toda comida y vino La Blanca arena y la amarga salmuera, La cama de Fiachra y el lugar de Conn Bajo el abrigo de mis alas en el Moyle, De mi pecho tiene Aos su techo Y así todos juntos descansamos”.
Y los hijos del rey Dearg volvieron a la corte de Lir y contaron al rey la situación de sus hijos.
Al fin se acercaba el día para que los hijos de Lir cumplieran con su suerte. Volaron por la corriente del Moyle hasta la Bahía de Erris, y permanecieron allí hasta el momento de su lejano destino.

Una vez cumplido, viajaron hasta la Colina del Campo Blanco y lo encontraron todo desolado y vacío, sin nada más que verdes muros sin techo y sel­vas de ortigas. Ninguna casa, ni fuego, ni lugar habi­tado. Los cuatro se aproximaron más, y elevaron tres gritos de lamentación, y Fingula cantó:
“Es amargo para mi corazón Ver la morada de mi padre abandonada ¿Dónde están las jaurías de perros? ¿Dónde las mujeres y los valientes reyes? ¿Dónde los cuernos de vino y las tazas de madera? Ya nadie bebe en sus luminosos salones. Por el estado de esta casa veo Que su señor, nuestro padre ya no vive. Mucho hemos sufrido en nuestros años errantes, Flagelados por los vientos, helados por el frío; Ahora ha llegado el mayor de nuestros dolores. No hay hombre que nos conozca en la casa donde nacimos”.
Entonces, los hijos de Lir volaron a la Isla de la Gloria de Brandan el santo, y se establecieron en el Lago de los Pájaros hasta que el santo Patrick vino a Irlanda y el santo Mac Howg llegó también a la Isla de la Gloria.
Y la primera noche que Mac Howg pasó en la isla, los hijos de Lir oyeron la voz de su campana tañir por maitines, y se sobresaltaron llenos de terror; y los hermanos pidieron a Fingula una explicación.
—¿Qué es eso, queridos hermanos? —dijo—. No sabéis qué es ese sonido apagado y tembloroso que hemos oído.
Y recitó esta canción:
“Escuchad la campana del Clérigo, Plegad vuestras alas y elevad Gracias a Dios por su venida Agradeced haberlo oído, El os liberará de vuestro dolor, Y os llevará lejos de las rocas y piedras. Amados hijos de Lir Escuchad la campana del Clérigo”.
Y Mac Howg descendió hasta la orilla del lago y les preguntó:
—¿Sois vosotros los hijos de Lir?
—Ciertamente, lo somos —aseguraron.
—¡Gracias a Dios! —dijo el santo— Es por vosotros por quienes he venido hasta esta isla, más lejana que ninguna otra isla de Erin. Descended a tierra ahora, y depositad vuestra confianza en mí.

Ellos se posaron en tierra, y él hizo unas cadenas de brillante plata blanca, y puso una entre Aod y Fin­gula, y otra entre Conn y Fiachra.
Sucedía que en aquel tiempo Lairgnen, príncipe de Connaught, iba a casarse con Deoch, la hija del rey de Murister. Ella, que había oído la historia de los cis­nes y sentía un gran amor y afecto por ellos, había dicho que no contraería matrimonio hasta que tuvie­ra a los cisnes errantes de la Isla de la Gloria a su lado. Lairgnen envió por ellos al santo Mac Howg. Pero el santo no quiso entregarlos, y Lairgnen y Deoch fue­ron ambos a la Isla de la Gloria. Y Lairgnen fue a coger a los pájaros del altar: pero, tan pronto como puso sus manos en ellos, sus abrigos de plumas se desprendieron de sus cuerpos y los tres hijos de Lir se convirtieron en tres hombres ancianos, huesudos y marchitos y Fingulla entonó esta canción:
“Ven y bautízanos, oh clérigo, limpia nuestras manchas. Hoy veo nuestra tumba: Fiachra y Conn, uno a cada lado, Y en mi regazo, entre mis brazos, situad a Aod, mi bello hermano”.

Después de esto, los hijos de Lir fueron bautiza­dos. Y entonces murieron, y fueron enterrados tal como Fingula había dicho; Fiachra y Conn a cada uno de sus lados, y Aod delante de ella. Se levantó un túmulo de piedras sobre ellos, y en él se escribieron sus nombres en caracteres rúnicos. Tal que fue el destino de los hijos de Lir.

2 comentários:

Andre Lopes disse...

Oi Maria, Bom Dia!

Muito bacana o blog, continue assim!

Saudações!

Andre Lopes

Mundo_da_Imaginação disse...

oi mamãe! eu te amo! e meu deus que blog maravilhoso!